.- Sindicalismo, de revolucionario a mafioso
Cuauhtémoc Blas
Nada queda del impulso revolucionario del sindicalismo, hoy es todo lo contrario, involución y hasta delincuencia. Y no sólo era revolucionario en discurso o teoría, sino en tres grandes aspectos: humano, tecnológico e industrial. La asociación sindical nació como una respuesta ante la explotación inhumana de los obreros, por la reducción de la jornada de trabajo y contra el trabajo infantil.
La salvaje acumulación originaria del capital tuvo como respuesta esa organización proletaria, de 18 horas de trabajo bajó a 14, luego a 12 horas hasta llegar a las 8 horas que se ha tomado como el estándar. Fue en la Gran Bretaña en el siglo XVIII cuando los empresarios enfrentaron una de las más grandes luchas por la dignidad humana.
Tuvieron que ceder a los imperativos morales y luego legales del sindicalismo. Pero la gran demanda de bienes no podía detenerse, de manera que esta defensa sindical dio paso a otra revolución, la primera y luego segunda revolución industrial. Los dueños del capital se vieron precisados a sustituir a la gran masa de mano de obra con maquinaria, lo que propició un impresionante desarrollo tecnológico y científico, que desde entonces ya no se detuvo.
Dos siglos más tarde llegó el sindicalismo a México, en los años 30 del siglo pasado con Lázaro Cárdenas. No es que no se dieran intentos sindicales durante la dictadura de Porfirio Díaz, que en vez de aprovechar su impulso revolucionario, como hemos visto, lo ahogó en sangre y muerte en las huelgas de Cananea y Río Blanco.









