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Queremos muertos

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calaveras1… por paulatina muerte de la voluntad…

Bioy Casares

No es porque sea yo mala onda, es que ando de malas por la gripa y tos infernales. Todos los días de muertos me preparo para regalar a los niños que tocan a mi puerta y piden sus muertos, dulces o frutas. Compro de esas manzanas chiquitas que venden por bolsas en Chedraui, baratas. Pero ahora aunque anduve por el centro no tuve ánimo de entrar a comprarlas.

Y las cuadrillas de niños ya empiezan a gritar a lo lejos “Queremos muertos, queremos muertosâ€, o sea quieren dulces, frutas, pan o dinero. Ya entró la noche, así que apago todas las luces, empezando por la de afuera. Me llevo un libro, una revista y un periódico al cuarto del fondo. Me encierro para disponerme a pasar el tiempo ahí. Coloco periódicos bajo la puerta para tapar la luz. Si la casa está a oscuras pensarán que no hay nadie y se irán, quizá ni toquen la puerta.

No es mala onda, en serio, es que no estoy de buen humor. Ando torcido por la gripa. Además quiero releer el primer cuento del libro de Bioy Casares, donde un guango piensa por la chica y anda todo el tiempo, durante años, con la idea de que se aman mutuamente, hasta que ella le dice que se casa con otro. Sopas, se lleva un golpecito terrible. Pero luego este Bioy complica las cosas y hay que batallar para entenderlo, pues el futuro marido ejecuta a la chica de un balazo en la hermosa frente por celarla con el supuesto iluso.

calaverasMi hijo salió sin su máscara desde hace rato, recién se integró al equipo de los chamacos grandes. Esta es su habitación, tiene baño, acá podré pasar leyendo las dos o tres horas del escándalo de “queremos muertosâ€. No uso sus almohadas para no contagiarle la gripa, me llevo dos almohadones del sofá. No me gustaría pasarle la gripa y menos a mi hija pequeña que me cae súper bien.

Cuando recuerdo que mi nena salió con su mamá al fraccionamiento de su prima para hacer lo mismo que los niños de acá, me levanto rápido, digo, no le vayan a hacer lo mismo. Prendo las luces y veo qué puedo dar a los niños que ya tocan a mi puerta. Hay dulces y paletas, tomo varias y salgo a entregarlas, son los retoños de los vecinos y ya exigen lo que según ellos les corresponde. El vecino los va cuidando y, sonriente, da las gracias por los niños, como su oficio es de payaso, siempre anda sonriendo, se parece al primer Guasón de las películas del Batman reciente.

Me da tiempo de releer el cuento de Bioy, “En memoria de Paulinaâ€. Ningún teórico podría haber explicado con tanto detalle —digo—, lo limitado, los pocos alcances de la comprensión entre personas. Nadie de ese triángulo entendió nunca al otro, cada uno con su reducida visión. Tocan.

Ahora son más pequeños los disfrazados de muertos, ya encontré cacahuates y nueces en bolsas, esas, planeó, son para cuando se acaben los dulces. Así que tomo más dulces y los coloco en sus bolsas de plástico. Un pequeñín no sabe en que anda, no trae bolsa y la que parece su hermana me dice que ella se lo guarda. La mamá les recuerda “¿Cómo se dice niños?â€. Ya se puso gordita la señora, caray.

Empiezo otro de Bioy, el de un piloto que se desvanece y cae con su avión, casi nada le pasa, nomás faltó llamarse Ulises Ruiz, pero se llama Morris. Mejor dejo el libro porque ya arreciaron las visitas, ahora son unos más grandes, con chamacas adolescentes, aunque al frente vienen pequeños con sus bolsitas. Los de atrás traen una bolsa grande y piden que todo se ponga en ella; los pequeños extienden sus bolsitas. Dudo: si le doy a los pequeños no le darán ellos a los grandes, y si lo echo en la bolsota, los grandes no le darán a los pequeños. Así sucedía cuando de chico salía con mis vecinos a pedir con “La rama†el 24 de diciembre: “Ya se va la rama muy llena de alambre/ porque en esta casa se mueren de hambreâ€. Cuando chico protestaba porque los grandes se quedaban con todo, y cuando grande tampoco le compartía a los chicos. Para que la tradición persista, y acabar pronto, coloco todo en la bolsa grande. Además, al no estar preparado, debo hacer economías.

Mejor me sirvo un chocolate con pan de muerto y me pongo a escribir estas líneas acres. Desde lejos se oye cuando vienen las cuadrillas, cada vez son más y más ruidosas. Como que los pequeños salen primero, temprano, y los grandes más noche. Se acaban los dulces y siguen las nueces y cacahuates. No me he bañado y no puedo hacerlo por esperar a estos dizque muertos. Pinches gringos hasta con esto fastidian, antes nomas íbamos a desayunar al panteón, ahora hay que comprar ropa, máscara, disfraz de los chamacos. Nos sacan la poca lana y nos ven la cara. Incluso, los adultos organizan sus fiestas en forma, Halloween, o sea, alquilan locales y se compran disfraces cada año. Pero eso sí, el 15 de septiembre se sienten muy mexicanos, vestidos de charros y adelitas.

Hay una larga tregua y me da tiempo de culminar el siguiente cuento de Bioy, cada vez está más pesado. Que el piloto aquel que zozobró andaba en dos mundos, que su primer accidente lo llevó a un mundo anterior a la creación del idioma español, que el segundo accidente lo regresó a éste mundo, de nuevo en su Buenos Aires.

Me quité la chamarra y la colgué a la mano para ponérmela en cuanto toquen. La gripa me da calor y luego frío. De plano mejor me dispongo nomás a esperarlos. Divido las porciones de semillas. Ni siquiera puedo tomar un trago del alcohol por la medicina que me recetaron, mi buen mezcal está en el altar que mi nena exigió habilitáramos con frutas, cempasúchil, cresta de gallo, calaveras de azúcar y de amaranto, pan, mole, banderitas, agua, veladoras. Nomás faltó la tierra de los cuatro elementos. Hubo de bajar la computadora para ocupar la mesita como altar. Se ve chingona, la parte corrediza, donde va el teclado, se jala y hasta parece altar de peldaños en pequeño.

Ahí vienen, me preparo. Ya son las 10 de la noche. El ruido es fuerte, se paran frente a mi puerta, abro y nadie. Seguro tengo fiebre.

1 de noviembre de 2009

 
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