Cuauhtémoc Blas
Es lugar común el decir de políticos de los partidos derrotados que si le va bien al presidente que ganó, le va bien a México. Pero no es verdad, precisamente lo que esperan es que le vaya mal, para tener argumentos y buscar el poder político en disputa.
Y no sólo esperan, trabajan y propician que le vaya mal a ese gobernante que les ganó o quitó el poder. Hoy podríamos decir que un fantasma recorre México, y no es el del viejo manifiesto de la Europa del Siglo XIX, sino el de los recién expulsados del paraíso del poder.
La transición del gobierno federal no es de terciopelo. Los amos de México, como los llamó Zepeda Patterson, están activos, no quieren perder un ápice de sus enormes ganancias en ese capitalismo de compadres de la presidencia imperial. Habituados a tener ganancias con la entrega de obras públicas millonarias con licitaciones amañadas, hoy en sintonía con sus propagandistas en todos los rincones construyen un escenario catastrófico.
Si pudieran impedirían la asunción del Peje
Un trabajo a publicarse (Revista En Marcha) de Gerardo Nieto habla de la falaz transición de terciopelo. “Los factores reales de poder de ese sistema gozan de cabal salud. Y la muestra está en su sobrerreacción alrededor de lo que AMLO dijo en Nayarit sobre la bancarrota del país. Si pudieran, y en eso están, impedirían que el candidato de la izquierda social se siente en la silla presidencial. Entonces, no hay motivo para engaño: no hay ni habrá transición de terciopelo. La incompatibilidad de proyectos es absoluta”.












