Cuauhtémoc Blas
Los periodistas siempre tienen dificultades para estar unidos. Una actividad tan crítica o tan ligada al poder, sufre los embates desde esas dos posiciones. Si es crítica se le manda a disminuir, cooptar o reprimir; si está ligada, subordinada, a las órdenes del poder, ella misma se encarga de contribuir a lo anterior.
Las organizaciones de periodistas en México han sido efímeras, nada más fácil para el poder que mandar a dividirlas, violentarlas. En una actividad llena de personajes sin compromiso con la misión periodística, sobran quienes se encarguen de intentar acabar con la unidad del gremio.
Esta dinámica no sólo es prohijada desde el poder y sus emisarios, sino también por los periodistas genuinos, que trabajan en el afán legítimo de dar voz a quién no la tiene, de revelar injusticias y carencias, errores y desviaciones de funcionarios. Pero, como reza el refrán, “en casa del herrero, azadón de palo”.
Es decir, en sus asuntos de defensa de sus organizaciones, de la necesaria unión para la protección de los comunicadores, de la defensa de la libertad de expresión y del derecho a la buena información de su sociedad, de eso no se ocupan. Hay honestos compañeros, quienes con su trabajo informativo serio, se involucran comprometidamente con la atención de problemas sociales, y hasta lindan con el activismo.












